MIEDO A LA INTIMIDAD

EL MIEDO A LA INTIMIDAD



EL MIEDO A LA INTIMIDAD

Me siento muy aprisionada por el miedo a la intimidad y a perder totalmente el control con un hombre.  Esta mujer desenfrenada se encuentra encerrada dentro de mí.  Cuando, de tanto en tanto, la dejo salir, los hombres generalmente se aterrorizan, por lo que ella vuelve a hibernar; juega sobre seguro y está totalmente frustrada.  ¿Por favor, podrías hablar sobre este miedo a la intimidad?

El género humano, especialmente el género femenino, sufre de múltiples enfermedades. Hasta ahora, las llamadas civilizacio­nes y culturas han estado psicológicamente enfermas. Nunca han osado ni tan siquiera reconocer su enfermedad; y el primer paso de cualquier tratamiento es reconocer que uno está enfermo. Las rela­ciones entre hombres y mujeres han sido particularmente innatura­les.
Han de recordarse unos pocos hechos. Primeramente, que el hombre es capaz de tener un sólo orgasmo; la mujer es capaz de tener múltiples orgasmos. Esto ha creado un tremendo problema. No habría habido ningún problema si no se hubiera impuesto el matrimonio y la monogamia; no parece que esta fuera la intención de la naturaleza. El hombre se torna temeroso de la mujer por la simple razón de que si desencadena en ella un orgasmo, entonces ella está dispuesta a tener al menos media docena más de orgasmos y él es incapaz de satisfacerla. La salida que ha encontrado el hom­bre ha sido no proporcionarle a la mujer ni un sólo orgasmo, alejar de ella incluso la idea de que es capaz de tener un orgasmo.

miedo a la INTIMIDAD EL MIEDO A LA INTIMIDAD

MIEDO A LA INTIMIDAD

En segundo lugar, la experiencia sexual del hombre es local, genital.  Con la mujer no ocurre lo mismo. Su sexualidad, su sensualidad, está extendida por todo su cuerpo. Tarda más en excitarse, y antes siquiera de que pueda excitarse, el hombre ha terminado, se ha dado la vuelta y se ha puesto a roncar. Durante miles de años, millones de mujeres de todo el mundo han vivido y han muerto sin llegar a conocer el mayor de los dones naturales: el placer orgásmico. Ha sido una pro­tección para el ego masculino. La mujer necesita de una larga esti­mulación preliminar para que todo su cuerpo comience a estreme­cerse lleno de sensualidad, pero entonces hay un peligro: ¿qué hacer con su capacidad de tener múltiples orgasmos?
Contemplándolo científicamente, o bien no habría que tomarse el sexo tan seriamente y uno debería invitar a los amigos a que pro­porcionaran a la mujer todo su rango de orgasmos, o bien debería usarse alguna clase de vibrador científico. Pero en ambos casos hay problemas. Si utilizas vibradores científicos, pueden proporcionarle­ a la mujer tantos orgasmos como sea capaz de tener; pero una vez que la mujer los descubre… entonces el órgano del hombre es tan pobre en comparación que es posible que ella prefiera elegir un ins­trumento científico, un vibrador, antes que un compañero. Si invitas a unos cuantos amigos a que os acompañen entonces se convierte en un escándalo social: estás consintiendo orgías. Así que la mane­ra más simple que ha encontrado el hombre es que la mujer ni tan siquiera se mueva mientras él le está haciendo el amor: ella ha de permanecer casi como un cadáver. Y el hombre tarda muy poco en eyacular -dos o tres minutos como mucho-, y para cuando ha transcurrido ese tiempo la mujer no se ha enterado en absoluto de lo que se ha perdido.
En cuanto a lo que a la reproducción biológica concierne, el orgasmo no es una necesidad. Pero en lo que concierne al creci­miento espiritual, el orgasmo es una necesidad. Según yo lo veo, fue la experiencia extática del orgasmo lo que al principio de los tiempos indujo en la humanidad la idea de la meditación, de buscar algo mejor, más intenso, más vital. El orgasmo es la indicación que te da la naturaleza de que en tu interior hay contenida una tremen­da cantidad de placer. Te permite simplemente percibir su sabor, y entonces puedes ir en su busca.
El estado orgásmico, incluso el hecho de reconocerlo, es algo muy reciente. Los psicólogos se acaban de dar cuenta recién en este siglo de los problemas que encaran las mujeres. A través del psico­análisis y de otras escuelas psicológicas se ha llegado a la misma conclusión: que a la mujer se le impide el crecimiento espiritual; sigue siendo sólo una sirvienta doméstica.
En lo que a concebir niños se refiere, basta con que el hombre eyacule; de modo que biológicamente no hay problema, pero psi­cológicamente sí. Las mujeres son más irritables, criticonas, malicio­sas, y la razón es que se les ha privado de algo que es su derecho de nacimiento y ni siquiera saben lo que es. Sólo las generaciones más jóvenes de las sociedades occidentales han tomado consciencia del orgasmo. Y no es una coincidencia el que las generaciones más jóvenes hayan ido en busca de la verdad, del éxtasis; porque el orgasmo es momentáneo, pero te da un vislumbre del más allá.
Suceden dos cosas en el orgasmo: una es que la mente detiene su constante bla, bla, bla, por un instante se convierte en no-mente; y la segunda es que el tiempo se detiene. Ese único momento del gozoorgásmico es tan inmenso y tan pleno que es igual que la eter­nidad. Muy al principio de los tiempos el hombre se dio cuenta de que, en lo que concierne a la naturaleza, estas dos cosas son las que te proporcionan el mayor placer posible. Y es una conclusión sim­ple y lógica pensar que si detienes tu mente parloteante y te vuel­ves tan silencioso que todo se detiene -incluido el tiempo ­entonces te liberas de la sexualidad. Ya no necesitas depender de otra persona, ya sea hombre o mujer eres capaz de alcanzar ese estado de meditación por ti mismo. Y el orgasmo no puede ser sino momentáneo, pero la meditación puede extenderse hasta las veinti­cuatro horas. Un hombre como Gautama Buda vive en cada momento de su vida un placer orgásmico, un placer que no tiene nada que ver con el sexo.      
Se me ha preguntado una y otra vez por qué se iluminan tan pocas mujeres. Entre otras razones, la más importante es que no han llegado nunca a probar el sabor del orgasmo. La ventana al vasto cielo nunca se abrió. Vivieron, produjeron niños y murieron.
Fueron usadas por la biología y por el hombre como si fueran fábri­cas, sólo produciendo niños. En Oriente, incluso ahora, es muy difí­cil encontrar una mujer que sepa lo que es el orgasmo. He pregun­tado a mujeres muy inteligentes, educadas y cultas: no tienen ni idea. De hecho, en los idiomas orientales nohay ninguna palabra que pueda usarse como traducción de «orgasmo». No era necesa­rio; nunca se tocaba esa cuestión.
Y el hombre ha enseñado a las mujeres que sólo las prostitutas disfrutan con el sexo, que sólo ellas gimen y sollozan y aúllan y se ponen como locas. Una dama respetable no hace esas cosas. Así que la mujer se queda tensa, yen lo más profundo se siente humillada porque ha sido utilizada. Y muchas mujeres me han manifestado que, después de hacer el amor, mientras su marido roncaba ellas lloraban.  Una mujer es casi como un instrumento musical. Todo su cuerpo tiene una inmensa sensibilidad, y esa sensibilidad debe estimularse. Por eso es necesario el juego preliminar. Y el hombre, después de hacer el amor, no debería dormir. Eso es algo feo, incivilizado, inculto. Una mujer que te ha proporcionado tal gozo necesita también de un juego ulterior, aunque sólo sea por gratitud.
Tu pregunta es muy importante, y será más y más importante en el futuro. Este problema ha de ser resuelto; pero el matrimonio es una barrera, la religión es una barrera, tus decadentes viejas ideas son una barrera. Están impidiendo el gozo de la mitad de la huma­nidad, y todo su gozo -que debería haber brotado como una flor jubilosa- se vuelve  agrio, venenoso, y se convierte en regaños y en malicia. De otro modo toda esta regañina y malicia desapare­cerían.
Los hombres y las mujeres no deberían relacionarse bajo un contrato como es el matrimonio. Deberían amarse, pero deberían con­servar su libertad. No se deben nada el uno al otro. Y la vida debería ser más móvil. El que una mujer entrara en contacto con muchos amigos y un hombre entrara en contacto con muchas amigas debería ser la regla, simplemente. Pero ello es posible sólo si el sexo se toma como un juego, como una diversión. No es un pecado, es diversión. Y desde la introducción de la píldora y de los métodos de control de la natalidad no existe ya el temor de tener niños.
El control de natalidad es, en mi opinión, la mayor revolución de la historia. No se han hecho todavía evidentes todas sus impli­caciones. Anteriormente era difícil hacer el amor porque ello signi­ficaba tener más ymás niños. Eso destrozaba a la mujer, siempre preñada; y estar continuamente en estado y dar a luz doce o veinte hijos es una experiencia torturante. Se utilizaba a las mujeres como si fueran ganado. Pero el futuro puede ser totalmente diferente, y la diferencia no provendrá del hombre. Al igual que lo que dijo Marx a los proletarios: «Proletarios del mundo, uníos; no tenéis nada que perder…» y todo que ganar. Él había contemplado la sociedad como dividida en dos clases: los ricos y los pobres. Yo veo a la sociedad, dividida en dos clases: los hombres y las mujeres.
El hombre se ha mantenido como amo durante siglos, siendo la mujer la esclava. La mujer ha sido subastada, ha sido vendida, ha sido quemada viva. Todo lo inhumano que es posible hacer se les ha hecho a las mujeres; y ellas constituyen la mitad de la humanidad.
En el futuro puede producirse un fenómeno totalmente diferen­te. Las mujeres del mundo necesitan solamente luchar todas ellas por un sistema de sufragio separado, de modo que las mujeres voten sólo a las mujeres y los hombres voten a los hombres. Entonces, en todos los parlamentos habrá mitad mujeres y mitad hombres. Y los hombres están divididos en pequeños partidos. Las mujeres tienen que estar al tanto de no crear divisiones sino en con­cordar en lo fundamental. Porque es una cuestión de miles de años de esclavitud: no podéis afrontar los partidismos. Debería haber únicamente un partido internacional de las mujeres, y las mujeres podrían tomar posesión de todos los gobiernos del mundo.
Al parecer, esa es la única manera de cambiar la condición social de las mujeres: permitir a la ciencia plena libertad para trans­formar la relación entre hombres y mujeres y abandonar la idea del matrimonio, que es algo absolutamente repulsivo porque es una forma de propiedad privada. Los seres humanos no pueden ser poseídos, no son una propiedad. Y el amor debería ser un juego gozoso. Y si quieres niños, entonces los niños deberían pertenecer a la sociedad de modo que la mujer no fuera etiquetada como madre, como esposa o como prostituta. Estas etiquetas deberían desaparecer.
Lo que dices es: «Me siento prisionera del temor a intimar con un hombre y perder totalmente el control». Toda mujer tiene miedo porque si pierde el control con un hombre, el hombre alucina. No puede manejarlo; su sexualidad es muy pequeña. Como es un donante, pierde energía cuando hace el amor. La mujer no pierde energía mientras hace el amor; por el contrario, se siente nutrida. Estos son hechos que hay que tener en cuenta. Durante siglos, el hombre ha obligado a la mujer a controlarse y la ha mantenido a distancia, no permitiéndole jamás que intimara demasiado. Así que toda esa charla acerca del amor es caca de vaca. (*)
Dices: «Hay una mujer tremenda encerrada en mi interior. Por lo general, cuando en alguna ocasión sale, los hombres se quedan, alucinados así que ella vuelve a entrar en hibernación, juega sobre seguro y se queda totalmente frustrada». Esta historia no es tuya solamente: es la historia de todas las mujeres. Ellas están viviendo con una profunda frustración. Sin encontrar ninguna salida, com­pletamente ignorantes de aquello que les ha sido arrebatado, no tie­nen nada más que una posibilidad: se las encuentra en las iglesias, en los templos, en las sinagogas rezando a Dios. Pero ese Dios es también un macho chovinista. No hay lugar para las mujeres den­tro de la

 

(*) N. del T.- En inglés, en el original, “bullshit”.
trinidad cristiana. Todo son hombres: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es un club de gays.
Esto me recuerda que, cuando Dios creó el mundo, hizo al hombre y a la mujer a partir del barro y alentó la vida en ellos. Los creó iguales. Pero al mirar el mundo puedes darte cuenta de que, fuera quien fuese el que lo creó, es un poco estúpido. Creó al hom­bre y a la mujer pero hizo una cama demasiado pequeña para que durmieran los dos en ella. La cama era tan pequeña que sólo podía dormir en ella una persona. Ambos eran iguales, pero la mujer insistió: ella dormiría en la cama y él dormiría en el suelo. Te sor­prenderá saber que su primera noche de existencia fue el comienzo de una guerra de almohadas.
Tuvieron que ir ante Dios. Y la solución era muy simple: basta­ba con hacer una cama extra grande, cualquier carpintero habría podido hacerla. Pero Dios es un hombre y está tan lleno de prejuicios como cualquier otro hombre: demolió a la mujer, la destruyó. Y entonces creó a Eva, pero ahora la mujer no era ya igual al hombre: Eva fue creada de una costilla de Adán, así que fue creada simple­mente para servir al hombre, para cuidarle, para ser utilizada por él.
Los cristianos no te cuentan toda la historia. Empiezan su his­toria desde Adán y Eva, pero Eva está ya reducida a un estado de esclavitud. Y desde ese día la mujer ha vivido en esclavitud de miles de maneras. No se le ha permitido ser independiente finan­cieramente. No se le ha permitido ser igual al hombre a nivel edu­cativo, porque entonces habría podido ser financieramente inde­pendiente. En lo religioso, no se le ha permitido ni tan siquiera leer las escrituras o escuchar a algún otro.
A la mujer se le han cortado las alas de muchas maneras. Y el mayor mal que se le ha hecho ha sido instaurar el matrimonio, por­que ni el hombre ni la mujer son monógamos; psicológicamente son polígamos. De modo que toda su psicología ha sido forzada en contra de su naturaleza. Y dado que la mujer era dependiente del hombre, ha tenido que sufrir toda clase de insultos; porque el hom­bre era el amo, era el propietario, tenía todo el dinero.
Para satisfacer su naturaleza polígama el hombre creó a las prostitutas. Las prostitutas son un subproducto del matrimonio. Y esta repulsiva institución de la prostitución no desaparecerá a menos que desaparezca el matrimonio. Es su sombra; porque el hombre no quiere atarse a una relación monógama y es él quien tiene la libertad de movimientos, tiene el dinero, tiene la educación, tiene todo el poder. Él inventó las prostitutas; y destruir a la mujer haciendo de ella una prostituta es el más repulsivo de los asesina­tos. Lo extraño es que todas las religiones están en contra de la prostitución, sin embargo son la causa de que exista. Están todas a favor del matrimonio, pero no pueden ver un simple hecho: que la prostitución llegó a existir debido al matrimonio.
Ahora el Movimiento de Liberación Femenina está intentando­ imitar todas las estupideces que los hombres han hecho con las mujeres. En Londres, en Nueva York, en San Francisco puedes encontrarte con una prostitución masculina. Ese es un nuevo fenó­meno. No es un paso revolucionario, es un paso reaccionario.
El problema es que a menos de que pierdas el control mientras haces el amor no alcanzarás una experiencia orgásmica. Por tanto mi gente, al menos, debería ser más comprensiva y entender que las mujeres giman y sollocen y aúllen. Ello se debe a que todo su cuer­po está implicado, a que hay una implicación total. No tienes que tener miedo de ello. Es algo tremendamente sanador: ella no será maliciosa contigo, no será regañona, porque toda la energía que la hace maliciosa ha sido transformada en un inmenso gozo. Y no te preocupes por los vecinos; es su problema si se preocupan con vuestros gemidos y sollozos, no el vuestro. No impidáis que ocurra…
Haced de vuestro amor un acontecimiento realmente festivo, no hagáis de ello un asunto de disparar y correr. Danzad, cantad, tocad música… y no permitáis que el sexo sea cerebral. El sexo cerebral no es auténtico, el sexo ha de ser espontáneo. Cread la situación. Vuestro dormitorio debería ser un lugar tan santo como un templo. No hagáis ninguna otra cosa en vuestro dormitorio: cantad y dan­zad y haced música, y si el amor sucede por sí mismo, como algo espontáneo, os sorprenderéis inmensamente de que la biología os proporciona un vislumbre de meditación. Y no os preocupéis de que la mujer se ponga como loca. Tiene que ponerse como loca, todo su cuerpo está en un espacio diferente. No puede mantenerse bajo control; si se controla permanecerá como un cadáver. Hay millones de personas haciendo el amor con cadáveres.
He oído una historia acerca de Cleopatra, la mujer más hermo­sa. Cuando murió, y en concordancia con los antiguos rituales, su cuerpo no fue enterrado durante tres días. Durante esos tres días alguien la violó, violó un cuerpo muerto. Cuando me enteré de ello me resultó sorprendente. ¿Qué clase de hombre habría podido vio­larla? Pero entonces pensé que tal vez no se trata de un hecho tan raro. Todos los hombres han reducido a las mujeres a cadáveres, al menos mientras les hacen el amor.
El tratado más antiguo sobre el amor y el sexo es el Kamasutra de Vatsyayana, un conjunto de aforismos sobre el sexo. En él se describen ochenta y cuatro posturas para hacer el amor. Cuando los misioneros cristianos llegaron a oriente se sorprendieron al descubrir que ellos sólo conocían una postura, la del hombre arriba, que es en la que el hombre tiene mayor movilidad y la mujer yace debajo de él como un cadáver.
La sugerencia de Vatsayayana de que la mujer debe estar arriba es muy acertada. La postura del hombre arriba es muy inculta; la mujer es más frágil. Pero el que los hombres hayan elegido estar arriba es porque así pueden mantener a la mujer bajo control. Aplastada bajo la bestia, la bella está necesariamente bajo control. Se supone que la mujer no debe ni abrir los ojos siquiera, porque eso equivaldría a ser como una prostituta. Ella ha de comportarse como una dama. Esta postura del hombre arriba se conoce en orien­te como la postura del misionero.
Hay por delante una gran revolución en las relaciones entre el hombre y la mujer. Hay institutos evolucionando en los países más avanzados de todo el mundo donde te enseñan a amar. Y en esta enseñanza lo más básico es el juego preliminar y después el juego ulterior. Entonces el amor se convierte en una experiencia sagrada.
Deberías abandonar “… el miedo a la intimidad y a perder totalmente el control con un hombre”. Deja que el muy idiota tenga miedo; si quiere tener miedo es su problema. Tú debes ser auténtica contigo misma y ser verdad. Estás mintiéndote, estás engañándote a ti misma, te estás destruyendo. ¿Qué problema hay si el hombre alu­cina y sale corriendo desnudo de la habitación? ¡Cierra la puerta! Deja que toda la vecindad se entere de que ese hombre está loco. Pero no necesitas controlar tu posibilidad de tener una experiencia orgásmica.
La experiencia orgásmica es una experiencia de fusión y disolución, sin ego ni mente, sin noción del tiempo. Esto puede desencadenar el que busques encontrar una manera de soltar la mente, de soltar el tiempo sin necesidad de tener un hombre, sin una pareja, y poder entrar en un gozo orgásmico por tu cuenta. Esto es lo que yo llamo auténtica meditación.
Así que tienes que dejar de entrar en hibernación, dejar de jugar sobre seguro, y toda tu frustración desaparecerá. ¿Por qué habrías de preocuparte por el hombre? Déjale que pregunte: «¿Qué se supone que debo hacer? ¡Esta mujer se pone como loca, de un salto se pone sobre mí y comienza a arañarme la cara…!». Pero aquí, entre mi gente, eso no provocará mucho escándalo. Ese hombre tendrá que aceptarlo como un fenómeno natural. Y si no, que medite.
¿Quién le manda hacer el amor con una mujer? No fueron las mujeres quienes descubrieron la meditación. Puede que fuera uno de estos alucinados quien descubrió la meditación para evitarse así las mujeres y todos esos problemas, y se sentó simplemente en silencio, sin hacer nada… y la primavera llega y la hierba crece por sí misma. Que haga eso.
Oí hablar de un gordo norteamericano que caminaba por la calle y vio un anuncio: «Asombroso tratamiento para adelgazar! Curación en veinticuatro horas: mil dólares. Curación en seis horas: cinco mil dólares».
Sintiendo curiosidad, entró y pidió al recepcionista la cura de veinticuatro horas. Se le introdujo en una gran habitación donde se hallaba una hermosa joven desnuda que tenía un cartel en torno al cuello: «Atrápame y hazme el amor; pero primero has de atraparme».
¡Ese era el procedimiento para adelgazar! Se quedó muy impre­sionado, y pensó: «Si esta es la cura de mil dólares, la de cinco mil será cinco veces mejor». Así que inmediatamente se apuntó a la cura de cinco mil dólares y seis horas.
Le desvistieron y le condujeron a otra gran habitación, y des­pués cerraron la puerta tras él. En la habitación sólo había un enor­me gorila con un cartel en torno al cuello que decía: «Si te atrapo te haré el amor».
No te preocupes, disfruta de todo el juego, sé juguetona. Si un hombre alucina… hay millones de hombres; algún día encontrarás un tío loco que no alucinará. Y en cualquier caso, alucinar y correr alrededor de la cama le proporcionará un tratamiento de adelgaza­miento… ¡y sin pagar ni un sólo dólar!



Si “” te ha parecido interesante únete a nuestra comunidad de FACEBOOK y compartelo con tus amigos.



Quizás te interese tambien:

No related posts.




Deja tu comentario en "EL MIEDO A LA INTIMIDAD"

Por favor recuerda revisar tu ortografía. Comentarios con faltas de ortografía u ofensivos, serán borrados automaticamente.

Categorías

Top
Jueves, 23 febrero 2012